El Santo Evangelio según la corrupción

Si algo no sorprende en Guatemala, es que todos los días haya una novela sociopolítica sobre el cual opinar, enojar, desaprobar y decepcionarse. Tal ha sido el caso respecto de algunas agrupaciones de música internacional que han sido vetados para ofrecer su espectáculo en el país, causando incluso, debate y censura legislativa; haciendo que la libertad de expresión, de asociación y de religión sean solo conceptos vacíos y decorativos en el código supremo del Estado.

Ahora bien, mi interés en dedicar algunas líneas sobre esta cuestión no radica en realizar una defensa complaciente en afinidad a cierto género musical; sino, más bien, hacer hincapié en la relación existente entre política y religión cuyos resultados hacen que nos definan, lamentablemente, como una sociedad cavernaria, poco ilustrada, inquisidora, intolerante, retrógrada y manipulable.

¡Dios guarde que en Guatemala haya conciertos del género Metal! “Esa música trastorna la mente de nuestra juventud” “Esa música es satánica” “Esa música insulta la moral cristiana y las buenas costumbres” “Esa música es blasfema” “Somos un país con valores y principios cristianos” … Fueron algunos de los brillantes argumentos que vertieron casi una centena de diputados al aprobar, a través de un punto resolutivo, la prohibición de entrada al país de una agrupación sueca de Black Metal; posturas que replicaban y celebraban, cientos de creyentes nominales en los círculos sociales, quienes invitaban a firmar una solicitud para “orar e impedir que, a través de estos siervos de Satán, la juventud quede atrapada en engaños y maldiciones”. En el mismo contexto, una diputada proponía, mediante otro punto resolutivo, prohibir reggaetón y narcocorridos en ciertos horarios del día.

¿Ahora los diputados pretender decirnos que música oír y en qué horarios? ¿Sabrán estos sátrapas lo que es un Estado laico y su importancia en la vida política nacional? Y es que el problema no pasa porque los funcionarios sostengan y expresen unipersonalmente un credo, sino que, unificados, pretendan imponer en la población la particular visión de que el cristianismo, es por definición la norma de fe a la cual todos deban regirse; enviando a la población el concreto mensaje de que otras confesiones y espiritualidades son irrelevantes y hasta perniciosas o desfavorables en la sociedad.

Sin embargo, tampoco el cristianismo es el problema. El dilema es la doble moral, la falsa espiritualidad, la malinterpretación de los principios, el laxo e incoherente ejercicio de la fe y la conveniente instrumentalización de esta, en manos de estos practicantes y traficantes de religión que esgrimen, para beneficio propio, las cuestiones espirituales para ganarse un poco de apoyo y aceptación, utilizando el recurso más sensible y valorativo de la población: su espiritualidad judeocristiana.

Encarnar el evangelio según estos mal funcionarios, es abanderar una cruzada contra agrupaciones de música estrepitosa y de maquillaje poco habituales, y no contra el abuso, la ilegalidad, las injusticias, la impunidad y la corrupción en el que sin duda la mayoría tiene parte y suerte.

Para estos estultos e intransigentes funcionarios, es perverso e inconcebible que grupos de música del exterior ofrezcan su espectáculo artístico; pero no les resulta malévolo las penosas condiciones de vida de la población en el interior del país. Les parece anticristiano e inmoral que las agrupaciones vociferen “blasfemias”, pero no juzgan así el saqueo y malgasto institucional, o su indiferencia a los problemas serios de la nación, o su complicidad en los negocios opacos con el Estado. Creen ofuscada y fanáticamente que es maldito y maligno que los artistas del género Metal den su función, pero no califican así sus mentiras, sobresueldos, negocios turbios y toda clase de corrupción que condena a la miseria social a la población.

Quienes insultan, blasfeman, condenan y maldicen a nuestra sociedad a la infamia y a la degradación, podrá ser de manera relativa e ínfima los gustos musicales de la gente; no obstante, quienes han envilecido y pervertido, no solo la función pública, sino también la sociedad, han sido quienes hoy se rasgan las vestiduras y se dan baños de pureza, ufanándose en sus principios religiosos que profesan de forma incoherente y descarada.

En esta teocrática monarquía, el rey está desnudo, los sátrapas adulan los desfaces del primer tragicómico de la nación, los astutos consejeros son hábiles marioneteros, mientras que los hábiles ministros de culto y sus aletargados seguidores, invocan luchas imaginarias contra agentes del infierno en forma de intérpretes desaliñados venidos desde lejanos dominios; excluyendo conscientemente, eso sí, a los verdaderos sirvientes de Satán que se aferran y parasitan desde sus espacios de poder, convirtiendo a la eterna primavera en un infierno en vida, bajo sus disfraces de mensajeros ungidos por Jehová.

Sí, me preocupa, por supuesto, el fanatismo religioso convertido en totalitarismo institucional, porque si hoy censuran bandas de Metal, mañana podrían ser nuestras voces, nuestras ideas, nuestras libertades. Y aunque de hecho ya vienen reprimiendo y criminalizando la libertad de expresión, debemos resistir.

Este artículo fue publicado originalmente en la columna de opinión: “Perspectiva Invertida” del medio digital: Noticias Chimaltenango

Imagen tomada de sentiido.com

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