Rufino Similox: Vestigios de un cacique y neo-encomendero.

“Toda forma de coacción y condicionamiento ilegal en un entorno de trabajo, son cuestiones que no deben admitir componendas, ni conformidad, ni temor a confrontarlas. Las libertades y la dignidad son valores innegociables muy por encima de la necesidad financiera”.

Previo a continuar y abordar el punto central del artículo, considero importante indicar algunas razones para que sea comprendida la criticidad de este escrito, y no ser interpretado como un desahogo personal en forma de crítica cobarde y negativa.

Primero: En mi autonombrado rol de observador y crítico sociopolítico, he reconocido personalmente al alcalde los aciertos y esfuerzos de su administración al frente de la municipalidad de Comalapa; así mismo, le he manifestado mi desacuerdo respecto a ciertas situaciones que sigo considerando injustas e indebidas en relación con los trabajadores municipales. Segundo: durante el tiempo laborado en la municipalidad, observé, particularmente en la oficina en que colaboré, el sentido de responsabilidad, disciplina y eficiencia que tenían como fin lograr los objetivos planificados, hacer un buen trabajo y dejar un historial efectivo y transparente, antónimo al desempeño de las administraciones pasadas. Tercero: acepté trabajar en la institución a solicitud y contacto directo del alcalde, lo cual analicé, concretándolo como una buena oportunidad para conocer en lo posible el funcionamiento de la municipalidad, a costa de la descalificación y desagrado de muchos simpatizantes y partidarios de don Rufino. Y cuarto: en el transcurso de mis funciones, obtuve la amistad y compañerismo de varias buenas personas que tuvieron la paciencia de compartir sus conocimientos y vivencias, a quienes respeto y valoro.

Dicho lo anterior, paso a exponer la razón de este escrito, que a mi juicio sostengo por ilegal, y que me llevó a pedir mi renuncia, la cual no fue aceptada en un primer momento por mencionar en mi carta los motivos reales por los que decidí finalizar el contrato laboral.

Hasta donde supe, antes que esta administración tomara posesión de sus cargos y funciones, los futuros trabajadores municipales habían respaldado la imposición, pues me atrevo a decir que no fue consenso, de celebrar y participar en una actividad religiosa (vigilia), cada mes durante los cuatro de años de gobierno; y que en la visión y “buenas intenciones” de don Rufino, como fiel católico y miembro célebre del grupo carismático Caminando con Cristo, contribuirá a limitar o impedir ciertas acciones inmorales y no éticas que con frecuencia eran evidentes en el gobierno local en administraciones anteriores, lo que desgastaba y desacreditaba la imagen de la municipalidad.

Además de representar una imposición religiosa, el respaldo a esta actividad pasó a tener un carácter condicionante para quienes anhelaban conseguir un puesto de trabajo en la municipalidad. Obviamente ninguno cuestionaba las órdenes y directrices del ya electo alcalde municipal, puesto que jugó un papel sobresaliente y predominante al haber financiado, casi en su totalidad, los gastos de campaña electoral durante y previo la convocatoria a elecciones generales de septiembre de 2015. Dicho sea de paso, los recursos materiales y económicos con los que disponía en su calidad de agroempresario, hacía que los aportes de los demás partidarios parecieran insignificantes; lo cual le daba poder de decisión y respeto basado en el temor.

Al no haber apoyado en ningún momento las actividades partidarias del grupo, desconocía la naturaleza de esta actividad, por lo que en ningún momento me generó interés en participar, hasta que un día sorpresivamente recibí la instrucción de conducir el programa de vigilia. Definidos mis criterios de tolerancia y respeto a la pluralidad de ideas y pensamientos enmarcados en la búsqueda del bien social, acepté dirigir la actividad. Conservaba una serie de experiencias por mi paso en el evangelicalismo, por lo que tal tarea me era familiar y poco difícil.

Me enteré posteriormente del carácter impositivo y condicional de estas reuniones mensuales, de las que resté importancia la mayor parte de veces. No fue sino hasta finales del 2017 que en reuniones con trabajadores municipales, recalcaron prestar atención a la asistencia a estas vigilias que, de lo contrario, pondrían en riesgo su recontrato para el 2018. Advertencias que en lo personal consideraba de irrelevantes, pero que a la vez, comenzaba a cuestionar su tinte ilegal; puesto que, en una segunda vez en que asistí, por haberle correspondido a la Dirección Municipal de Planificación coordinar el programa de vigilia, observé como algunos compañeros estaban asignados a pasar un libro de asistencia que los trabajadores municipales debían firmar.

En una convocatoria matutina de febrero del 2018, con la mayoría de trabajadores municipales presentes, se advirtió a todos que en la próxima vigilia de fin de mes (24 de febrero), la presencia de todos los trabajadores a la reunión religiosa sería de índole obligatoria, por cuanto en tal actividad se iba a firmar planilla, responsabilizando ingenuamente a quienes no llegaran, de la falta de pago del mes a los compañeros de trabajo. Mostré mi desacuerdo e inconformidad no participando.

El lunes 26 de febrero de 2018, fuimos llamados a la oficina de Auditoría para firmar la planilla quienes no habíamos asistido a la vigilia, cada uno con sus motivos. Mientras rubricaba la hoja respectiva en donde se consignaba mi nombre, la asistente encargada nos avisa: —“Esta es la última vez que aquí firman planilla. La próxima tendrá que ser en la vigilia según órdenes del alcalde”.

Determinado a confrontar esta situación, esperé unos momentos a que el auditor terminara de hablar por teléfono, cuestionándole de inmediato: — ¿Sabés que están cayendo en una ilegalidad por obligarnos a participar en una actividad religiosa? — A lo que me respondió con argumentos titubeantes, puntualizando que así eran las disposiciones y que resolviera mis inconformidades en secretaría.

Molesto ante tal situación, retorné a continuar mis ocupaciones en la oficina. Minutos después llega el alcalde a la dirección y avisa que algunos seríamos despedidos, o en otro caso, se retendría nuestro salario por no participar en las vigilias. Y se retiró.

Ocupamos unos minutos con los compañeros para hablar del tema y les afirmé que no estaba dispuesto a negociar mi trabajo y salario participando en una actividad abiertamente coaccionada y supedita, siendo eminentemente ilegal, por contrariar ciertas libertad constitucionales; y más aún, impuestas desde una entidad del Estado.

A mi juicio, el señor Rufino Similox, se equivoca en mucho, al pensar, quizá, que la municipalidad es una sucursal de su empresa, o en el peor de los casos, verlo sin saber, como una encomienda colonial o un cuartel, en donde puede imponer y relucir su personalidad autoritativa y dictatorial, en donde los demás son simples peones en su egocéntrico tablero de ajedrez.

Muy propio de los caciques y militares que detentan el poder, el jefe edil personifica, en su imaginario, a los trabajadores municipales como tontos subalternos que deben acatar mandatos al estilo de un campamento militar, en donde las órdenes no se discuten ni cuestionan, sino se cumplen sin vacilar. Debido a esto, varios trabajadores municipales han tenido fuertes disgustos con el alcalde, que no trascienden ni se vuelven públicos, porque a lo mejor, llegan a un acuerdo discrecional por la misma necesidad de trabajo y para no afectar la “buena imagen” del alcalde.

Mencionaba que la municipalidad revive la imagen de una encomienda colonial, y el señor Rufino Similox, el encomendero; ya que esta figura era el de una persona con mucho dinero y poder en la sociedad, y que tenía muchos indígenas a su cargo, llamados “encomedados”, que tenían la responsabilidad de trabajar la tierra y producir.

Una de las principales obligaciones de un encomendero era aculturar y adoctrinar mediante la evangelización obligatoria a los encomendados, factores que permitieron consolidar la dominación de los indígenas y la apropiación de sus recursos; al tiempo que perdían su dignidad, su identidad y sus libertades. A cambio de la fidelidad (silencio y conformidad) de los “indios” encomendados, el encomendero retribuía el trabajo forzado de los indígenas con más doctrina (vigilias obligatorias) y alguna forma de bondad (recontrato y salario).

A pesar de que muchos trabajadores municipales están inconformes ante esta situación, obligatoria y condicional, no se atreven a contrariar la disposición del “jefe”, puesto que eso equivaldría a ser posiblemente despedidos, tal como en varias ocasiones fue advertido.

Me cuesta creer que en pleno siglo XXI aún existan encomenderos y caciques; pero más aún, me sorprende el silencio y sumisión de los encomendados, a costa de su libertad, dignidad y derechos; aun cuando varios trabajadores municipales son profesionales y estudiantes, que se supone, deben hacer valer sus conocimientos.

No estoy invitando a faltarle respeto a las autoridades municipales ni mucho menos estoy incitando a incumplir con las funciones por las cuales uno contrae una relación laboral. Más bien, la finalidad de la publicación es inquietar a dejar de ver la municipalidad como un cacicazgo, un cuartel o una encomienda, en donde nadie puede pensar y cuestionar, más que solo acatar órdenes; tanto como dejar de utilizar la institución del Estado como un instrumento de dominación, clientelismo y adoctrinamiento religioso, que todos deben aprobar para garantizarse un puesto de trabajo en la administración municipal; lo cual raya en ilegalidad de acuerdo a instrumentos jurídicos nacionales, contraviniendo la laicidad del Estado y sus instituciones.

Toda forma de coacción y condicionamiento ilegal en un entorno de trabajo, son cuestiones que no deben admitir componendas, ni conformidad, ni temor a confrontarlas. Las libertades y la dignidad son valores innegociables muy por encima de la necesidad financiera.

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