Por qué nunca le diré “jefe” al alcalde municipal

La etimología de la palabra alcalde proviene del árabe clásico “al qâḍi” que literalmente significa “el juez”; asociado con el verbo “qaḍâ” que quiere decir: “terminar, completar, decidir”, “juzgar”. En el transcurso de los años el vocablo fue perdiendo su figura y fuerza legislativa hasta acabar significando un puesto de carácter ejecutivo, el cargo máximo de un gobierno municipal; cambios producidos y aceptados en la España medieval y como tal fue transmitido a América.

Uno de los sinónimos del término alcalde que hemos empleado de manera incorrecta, es “edil”; expresión que proviene del latín “aedilis”, derivado de “aedes”, palabra que significó “templo”; ya que una de las tareas más importantes de los ediles era supervisar el buen estado de los templos y edificios públicos de la antigua Roma, y a cuyo cargo se sumaban las obras públicas, el cuidado, reparación, ornato y limpieza de los templos, casas y calles de la ciudad romana.

En cuanto a un alcalde, en una definición actual, se anota que su responsabilidad “consiste en defender los intereses de sus conciudadanos mediante la ejecución de las políticas locales que tengan por objetivo la mejora de su calidad de vida”, mediante la gestión, organización, financiamiento, control, supervisión y cuidado de los bienes y recursos públicos desde la administración municipal.

Ahora bien, ya que en el entorno político social asociamos los términos “alcalde” y “edil” como si fuese una misma persona, determinando que un funcionario o trabajador del Estado es SERVIDOR PÚBLICO; conviene pues a efectos de llegar al climax de tan “insubordinado” título, aterrizar a cierto pormenor que he observado en mi neófita y polémica incursión en el servicio público municipal.

Desde el primer día que llegué a colaborar en el ayuntamiento comencé a escuchar una suerte de cliché reverencial, donde al referirse al alcalde municipal utilizan el calificativo de “jefe”. “Pregúntele al jefe”; “Eso lo decide el jefe”; “¿Ya habló con el jefe?”; “¿Se encuentra el jefe?”; “¡Ahí viene el jefe!”; son las frases, entre otras, las cuales se escuchan en los pasillos y despachos de la entidad.

Debido a que hace unos años estuve involucrado en instituciones religiosas, donde muy poco, o casi nada, se empleaba el término jefe; me resultó totalmente extraño definir al gobernante local con tal adjetivo, ya que estaba acostumbrado a nombrar a los dirigentes como a “líderes” o “siervos”.

El término “jefe” es asociado particularmente a alguien que ejerce autoridad sobre otros, dando órdenes de cualquier tipo para que sean cumplidos sin vacilaciones. La figura o el calificativo de jefe es familiarizado general y comúnmente a una persona que define qué, cómo, cuándo, dónde, quién, por qué y para qué, ciertas actividades deben ejecutarse sin cuestiones ni objeciones.

En la cultura popular, un jefe es caracterizado por ser imponente, centrista, autoritativo, estricto, insensible, irracional, irascible, vociferante, de pocos amigos, intolerante, cortante, intimidante, entre otros adjetivos poco positivos. No obstante, cabe también anotar que la ética profesional, la psicología y la  empresarialidad, han clasificado y distinguido a varios tipos de jefes con marcas positivas.

Puesto que la sociedad guatemalteca sugiere observar a los funcionarios del Estado como servidores públicos (que sirven y no que solamente manden o se sirvan), puntualizo personalmente que hace falta ver en los espacios de política y gobierno, a personas con la singularidad y porte de buenos líderes y siervos. Gente con quienes trabajar, acompañar y escuchar sea un placer, ya que su estilo de vida tiene mucho que enseñar e imitar; contrario de afianzar a alguien mencionando siempre mi calidad de subordinado por temor a ser removido, o sostener “su calidad”  únicamente para quedar bien frente a los demás.

En consecuencia, mi “insurrecto” artículo se sintetiza en nombrar al gobernante municipal con el título oficial que le desbancó a prominentes intelectuales y que dejó comiendo sus propias letras a sus acérrimos críticos, como al autor del presente escrito; con el respeto debido de: señor alcalde.

Es pues el epílogo de estas líneas, no una apología mucho menos una adulación al señor alcalde -ya que tales “virtudes” lo manifiestan los más experimentados-; más bien, representa las puras ganas de colgar algo en mi blog, porque tenía ratos de no hacerlo; y antes que wordpress vuelva a pedirme el pago anual por el dominio personalizado, reconocer sin ningún disimulo que uno tiende a equivocarse y ha emitir prejuicios de las aptitudes de otra persona sin conocerle más de cerca.

Con esto último no estoy afirmando que don Rufino sea el único, hábil e inalcanzable estadista local; más bien, intento decir, que ante sus éxitos le ofreceré un aplauso, y ante sus desaciertos una crítica. Y como siempre, en la medida de los posible, listo mi pluma en el tintero, y dando la cara y el nombre, por supuesto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s