El árbol de la discordia

La mañana del 06 de junio, justo cuando me asomaba a la plaza central de San Juan Comalapa, me sorprendió como el único e icónico árbol frondoso del parque estaba siendo talado desde sus ramas, por varios hombres que cautelosamente habían subido a él.

Me causó una profunda intriga que inmediatamente fui por una cámara fotográfica y mi cuaderno de apuntes, regresando lo antes posible para documentar tal hecho. Un señor de avanzada edad recostado sobre un pick-up azul con los brazos cruzados, con semblante enrojecido y de pocos amigos, seguía fijamente mis movimientos mientras yo hacía algunas capturas pisando las hojas verdes de aquel lesionado árbol.

—¡Tenemos permiso para botarlo! —me grita con molestia.

El señor de sombrero y bigotes que había escalado al árbol se detuvo ante el grito y se agachó para asegurarse, aún más en sus pies, aquel lazo grueso y rústico que utilizaba como recurso ante cualquier incidente. Se notó un nerviosismo en sus ojos cuando cruzamos miradas y más aún cuando le pregunté sobre el por qué de la situación.

—¡A nosotros únicamente nos contrataron! —advirtió, y siguió con su faena.

Mientras recorría la escena y tomaba más fotografías, se acercó un representante municipal a quien cuestioné de inmediato al respecto para generar un informe.

—Según tengo entendido —dijo, —los vecinos solicitaron que se cortara el árbol porque sus ramas “podrían” caer sobre algunas de las casas cercanas; además, supone también un peligro constante para los vendedores y transeúntes ya que en cualquier momento las ramas secas podrían desplomarse por los ventarrones y las lluvias, y si sucede en día de mercado las consecuencias son mayores por lo que se culparía a la municipalidad de negligencia.

—Otra de la razones —siguió afirmando, —se debe a que sus raíces están perforando el depósito subterráneo de agua que se utiliza en los sanitarios, haciendo que el agua se escurra por la grietas; también, las raíces del árbol están levantando el pavimento del parque, razones por las que se decidió botarlo para evitar accidentes, arreglar el mal estado de ciertas partes del parque y sembrar árboles acorde al suelo y paisaje.

—Pero para esto se cuenta con el permiso del INAB —sentenció.

Obviamente, ese “acto de crueldad”, como algunos afirmaron después, no pasó desapercibido en la población y desde ahí tal situación ha sido objeto de señalamientos, críticas, artículos de prensa, poemas, canciones, melodramas y por supuesto: discordias.

Soy muy honesto en decir que en un primer momento me causó asombró y desacuerdo, y con base a la indagación “oficial” que realicé, formulé el informe correspondiente; luego, era de esperar toda la ola de indignación y repudio que causó la tala de aquel majestuoso árbol, que por mucho preguntar a los ancianos y comerciantes del lugar, nadie pudo decirme el nombre o especie del sentenciado palo.

Motivó a que dedicara unas líneas en mi bitácora sobre este hecho, a toda esa melodramática e hipócrita indignación respecto al cuidado del medio ambiente, en donde abundaron argumentos cargados de sentimentalismos e infantilismos, principalmente en las redes sociales (por ejemplo, escuché: “pobres pajarillos, ¿dónde dormirán ahora?; “Ahí nos hicimos amigos” “Ahí nos hicimos novios”…); pecando muchos de ignorancia y falta de razonamiento e investigación, tal como los renglones que dedicase el espacio de “Vida Amor y Paz” en la sección de opinión en Prensa Libre.

Por supuesto, este artículo no es una apología a la imagen de la institución donde laboro, sostendrán seguramente los motivos y responsabilidad quienes ordenaron tal “salvajismo y brutalidad”; voy a que en nuestro desconocimiento y exageración, hacemos todo un teatro por un árbol que en verdad pudo suponer ciertos peligros a los pobladores, pero no dedicamos un poco de tiempo a informarnos e indignarnos por las miles de hectáreas de árboles que se talan en nuestro país y mucho menos hablamos o decimos algo de la irresponsabilidad y contaminación ambiental que nosotros mismo provocamos.

A lo mejor más adelante, antes de alegar por un árbol que los “tontos” “mataron” como una “medida aberrante”, veamos primero nuestras manos qué tan sucias y desgastadas están de tantos árboles que hemos plantado. Quizá en el futuro, previo a irritarnos por la contaminación que sufrimos, examinemos antes qué estamos haciendo para no sumarnos a ello; ya que de una u otra forma estamos colaborando a desgraciar todos nuestros ecosistemas. ¿Ah no? Dime cuánto y cómo reciclas y me tomo una foto contigo.

Si el antiguo árbol figuraba un verdadero peligro para los pobladores, puede que haya sido necesario anteponer el valor humano, la vida y la salud, por sobre los valores históricos o sentimentales de un ejemplar que hacía gala en los paisajes comalapenses. Ahora, si fue por mero capricho de unos cuantos vecinos “amantes de la limpieza del parque” (ya que el árbol botaba muchas hojas) en acuerdo negligente con las autoridades municipales, pues seguramente afrontarán responsabilidades; mientras eso se determina, dejémonos de dramatismos y doble moral.

¡Piensa, te va a gustar!

Foto: Muro del señor Alvaro Vidal Requena Hernández

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