¿Limpiabotas con suerte?

¿Qué lleva a un par de hermanos adolescentes a sentarse en un diminuto banco de madera todos los días, mientras que, seguramente con entusiasmo, asean los zapatos de decenas de transeúntes sobre sus ennegrecidas cajas de madera? ¿Cuáles serán sus motivaciones, sus sueños, metas o anhelos?

Puede que de todas la nuevas que se hayan viralizado este día, la de los patojos lustradores en la zona 14, sea quizá la más notable y celebrada.

¿Fue acaso cuestión de suerte o gracia divina que incluso hoy mismo hayan recibido una beca de parte de la universidad donde estudian?

¿Deberíamos los guatemaltecos ser más humanos, más observadores, más corteses, más amigos, más sensibles para fijarnos que aquellos que nos brindan servicios “invisibles” son también gente con sueños y esperanzas?

Los limpiabotas, los limpiavidrios de semáforo en rojo, los vendeflores, vendechicles, malabaristas, músicos y artistas de calle o de bus, y un sin fin de oficios honorables en que nuestros hermanos se desempeñan, sean quizá las formas más accesibles de llevar a casa unos cuantos quetzales para sostener el hogar o llevar a cabo las metas trazadas; en una sociedad empobrecida y de oportunidades laborales escasas o absurdas.

No soy de los que creen en las suertes de la vida. Soy de los que sostienen el concepto de crear oportunidades con honradez y pasión, a partir de lo que uno tenga a la mano, respaldado con un toque de gracia divina. Tampoco me sumo al extenso mundo de los oportunistas, esos que venderían hasta su alma o a su madre con tal escalar o alcanzar rápidamente sus pueriles ambiciones. Mucho menos, hasta aquí intentando todos los días, no formar estadística con los lambiscones, sino ganar y tener aquello que uno desea con dedicación, con esfuerzo, persistencia y otros positivos.

Carlos y Mario Cúmez son una muestra del trabajo “invisible” honrado y digno. Digo invisible porque esta noble tarea de calle y otras similares son muchas veces catalogadas por gente de la “alta” (alta discriminación) como labores denigrantes y hasta desconfiadas. Trabajos que muy pocas veces se etiquetan como trabajo; más bien, algunos lo ven -ignorantemente- como oficio de pordioseros, drogadictos o de iletrados.

Puede que mucho de nuestros prejuicios hacia las personas de la clase trabajadora informal deba cambiar y podamos verles más allá de un aspecto desaliñado; porque aunque no vistan “a nuestra altura”, ni tengan los recursos y oportunidades que muchos hijos de papi y mami tienen, muchos son personas con motivaciones honradas y genuinas. Son chicas y chicos llenos de sueños y de esperanzas. Son ellos muchas veces los que empujan la economía de sus familias. Son ellos quienes incluso se han negado algo para dárselo a sus necesitadas familias.

Los hermanos Cúmez me hicieron recordar los años en que junto con mis hermanos menores íbamos de puerta en puerta preguntando si querían “lustre”; o nos apostábamos en el parque de Comalapa, incluso bajo las inclemencias del tiempo, esperando por los “lustres”; o salíamos a unas aldeas de Zaragoza, llevando la ennegrecida caja limpiabotas en viejas mochilas, tocando de casa en casa, si acaso los dueños necesitaban “lustre”. A lo mejor nuestra motivación de aquellos años era más bien para conseguir frivolidades, pero en casa se nos inculcaba a trabajar decentemente por lo que queríamos.

Alcancé a ser desafiado con todo este suceso. Noté como muchos guatemaltecos de inmediato se mostraron solidarios ofreciendo ayudar de algún modo. Y como muchos nos reprochan, a lo mejor los chapines estemos dejando solo de hablar y estemos procurando apoyar en algo a los demás. ¡Miremos a nuestro alrededor!

Quizá la próxima vez que veamos a un lustrador, a un limpiavidrios, a un vendeflores, a un vendechicles o a otros de oficios de calle, los estimemos con una óptica diferente y nos preguntemos, o le preguntemos, al respecto de sus razones.

No creo que hoy se hayan levantado con el pie derecho. No creo que la suerte hoy les haya querido sonreír. Noté como estos patojos tomaron lo que tenían para luchar y salir adelante, y una conexión divina les sea un gran soporte desde hoy. Puede que en futuro cercano saludemos a los próximos médicos especialistas del Quiché, aunque alguno pueda decir que ahora apenas estén estudiando enfermería.

De años vengo diciendo para mí: —”No esperes las oportunidades, créalas. La vida recompensará tu esfuerzo; y si no lo hace, siéntete satisfecho con lo que has hecho”.

Cuando comieres del trabajo de tus manos, dichoso serás y te irá bien. (Salmo 128:2)

¡Piensa, te va a gustar!

*Fotografía tomada del Facebook de Ollet Santisteban

 

 

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