¡Jo’ Cho María muchá!

Mientras uno es niño, poco le da importancia a los protocolos o solemnidades que giran alrededor de ciertos eventos de donde se es.

En el barrio eramos alrededor de diez niño-adolescentes, entre amigos y familiares, que nos juntábamos, si no todas las tardes, un par de veces por semana, a jugar, molestar o simplemente a chistear.

Diciembre, desde luego, era uno de esos meses ideales en que toda la “parvada” del vecindario se unía para ir a “chingar” a toda actividad que a nuestros ojos ofrecía entretenimiento: fiestas de moros, posadas, convivios, en la Corrida del Niño y, por supuesto, a la tradicional fiesta de la Virgen de Guadalupe, en el habitual Cerro de Guadalupe. Cho María le llamábamos nosotros.

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Interior de la Iglesia en el Cerrito de Guadalupe, San Juan Comalapa – Foto: Amiga Chixot Emisora (2015)

—¡Jo’ Cho María muchá! (Vamos al Cerrito) —Acordábamos todos—. Y prestos a la aventura, nos dirigíamos al cerrito por el estrecho “choj’min” (atajo) que nos recibía con el fresco aire y aroma de frondosos pinos, encinos e ilamos que hacían de valla al barranco que atravesábamos.

Este atajo era como una libre invitación de la generosidad de los propietarios de huertos. De un lado teníamos el barranco, pero del otro, terrenos cultivados con granadillas, nísperos, fresas, manzanillas y otros frutos de la época que hurtábamos temerosos, tal cuales ardillas asustadizas saltando de un lado a otro.

Mientras íbamos a “Cho María” también pasábamos comprando los típicos cohetillos en las ventas de juegos pirotécnicos. La idea no era comprar tales insumos para festejarle a la señora de Guadalupe, sino para jugar a la guerra de cohetillos por las calles y parcelas ocupadas de milpa seca.

En tanto que corríamos despavoridos cuidando que no nos explotara algún cohetillo cerca del oído, -que era lo más feo, pues hasta perdías la noción del tiempo por uno segundos- no faltaban las abuelitas regañonas que nos recriminaban: ¡Choj kix ko’je akual’a! (¡Niños, compórtense!). Algunos disimulábamos, mientras otros, ufanándonos de nuestra irreverente picardía, respondíamos burlones a los reproches de las abuelas.

Lo sé, no tengan ustedes la idea que de niño yo era un “pan de Dios”. Tal vez por eso y de tanto arruinar los sembrados y gozarnos de tantas travesuras, más de una vez nos explotó un cohetillo en la mano, o nos persiguió hasta el llanto y el espanto, cualquiera de aquellos perros furiosos que cuidaban celosos las siembras de fresas que hurtábamos sin empacho.

A Cho María llegábamos completamente empolvados y sudados. Nos contentábamos disfrutando cualquiera de las comidillas que las vendedoras, rústica pero alegremente despachaban: atoles de masa, arroz en leche o de elote; tostadas, buñuelos, ponche, algodones de azúcar, manzanillas en azúcar, manías, rosquillas y dulces típicos, higos y camotes en dulce, chuchitos, churrasquitos y una variedad gastronómica singular.

Como decía, uno de ‘guiro’ no le pone importancia al trasfondo religioso del asunto; y que recuerde, entrábamos a la capilla únicamente para comprar la típica “cortona” -adorno distintivo elaborado con hilo de varios colores, figuras y tamaños- que se colgaba en el cuello para indicar que uno fue a la festividad. Mientras tanto, la diminuta iglesia era saturada de gente que prendía velas o  esperaba paciente a que la ceremoniosa fila avanzara para persignar y besar la vitrina donde descansaba fijamente la imagen de la Guadalupana.

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Venta de Cortonas en la capilla – Foto: Amiga Chixot Emisora (2015)

Puesto que disfrutábamos las chiquilladas y preferíamos ir por el “Choj’min”, la mayoría de personas elegían abordar los buses adornados con gusanos de pino y tiras brillantes alusivos a la navidad. Camionetas que se saturaban en cuestión de minutos para llegar lo más pronto al Cerrito.

Uno de los espectáculos interesantes en la escenografía de la fiesta era el infaltable Baile de los Moros o Baile de La Conquista. Al ritmo muy propio de las teclas de la marimba, los Moros bailaban pausadamente en un rectángulo con barrera de lazos. Nunca entendí la razón de esta particular danza en esta celebración religiosa. Hasta donde comprendí, el baile dramatizaba a personajes españoles de la colonia, ya que habían disfraces con seudónimos de El Patrón, Los Mayordomos, Los Vaqueros, La Dama Rosita, unos disfrazados de Toritos, otros bajo una indumentaria y antifaz completamente de negro –supongo que simbolizaban a esclavos, nunca llegué a enterarme–, entre otros.

Los Moros con sus trajes relucientes estaban llenos de hilos dorados y piezas de tela muy coloridos. Algunos como Los Mayordomos, portaban en su cintura una especie de espada envainada que sacaban teatralmente en sus intervenciones. Los Toritos en sus capas extravagantes, cargaban campanas y espejos. Ciertos moros con máscaras que simulaban a los “niños criollos”, portaban sonajeros en sus manos cubiertos con guantes de tela blanca.

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Escena del “baile de los moros”

Bajo los atípicos disfraces y caretas, los Moros bailaban todo el día. Repentina y periódicamente, cualquiera de los “moros jóvenes” agitaba fuertemente el sonajero metálico pidiendo al conjunto marimbístico que pausara la música. Con singular éxtasis y ademanes, se levantaba un poco la máscara, vociferando más o menos la siguiente declamación: “Hoy, en honor a la Virgen de Guadalupe, ¡Yo le saco de repente! ¡Quiero que me de para mi fruta! ¡Quiero que me de para un aguita! al señor ….”; y el moro mencionaba a alguno de los espectadores.

Básicamente el “pedir para una fruta” o el “pedir para una bebida”, o “El de repente”, como se le conocía, comprometía al espectador señalado en dar cierta cantidad de dinero de forma inmediata al Moro que le haya aludido. Estas escenas colaboraban a inflar el ego de los susodichos concurrentes, puesto que el Moro mostraba ante la multitud el dinero que los parroquianos se desprendían. Estos paréntesis del baile hacían que la concurrencia murmura de la generosidad de los demás. Para los más “pistudos” (adinerados) era la oportunidad ideal de hacer notar su abundancia, ya que propinaban billetes de Q100.00 y Q50.00. Si como asistente habías sido aludido por el moro, lo menos que podías dar para no figurar de tacaño era un billete de Q20.00, o a lo menudo de Q10.00. Iba el moro a saludar al asistente indicado y a recibir la gratificación voluntaria de sus manos. Cuando el moro regresaba con la contribución, de inmediato proseguía la melodía y este, danzando mas excitado, se dirigía hasta un cofre de vidrios transparentes donde depositaba la donación. Entendí que todo el dinero que recaudaban iba destinado para sufragar los gastos de sus presentaciones, incluido el guaro que se apreciaba cuando exhalaban.

El culmen del Baile de los Moros llegaba a eso de las seis de la tarde. Montaban un drama sobre la muerte de “El Patrón”. Al aviso unísono de los moros Vaqueros y Caporales, advertían: ¡Cuidado Patrón!; mientras este, teatral y repetidas veces esquivaba con un pañuelo rojo los envistes de uno de los “Toritos”. Finalmente era corneado y caía lúgubre en la gramilla. La dama “Rosita” le asistía con desconsuelo, en tanto que los demás caballeros afligidos, se apresuraban a conducir al “Patrón” sobre una camilla improvisada, lejos de la vista del público al son de una melodía taciturna.

Nos entró la noche en “Cho María”, y a sabiendas que podíamos recibir fuertes reproches en nuestras casas por “pasar todo el día en la calle”, nos apresurábamos a colgar intrépidos en las escaleras de los buses que regresaban atiborrados de gente al parque central.

Nuestra insensatez en venir en la parrillas y escaleras de los buses no solo era porque éramos gravemente traviesos, sino también se debía, a que nos habíamos quedado sin dinero para abordar cómodamente un asiento. Tampoco regresábamos por el “Choj’min”, porque ya caída la obscuridad, las supuestas valentías que exhibíamos yendo al Cerrito, las desvanecían las ideas de los feroces perros sueltos o el encontrar inesperadamente a “La Llorona” por el barranco.

Antes de llegar al parque, nos avivábamos a bajar en la primera esquina iluminada -por donde “Las Rutas”- para que el ayudante de la camioneta no nos alcanzara con una patada por no haberle pagado Q1 de pasaje. El corto viaje de Cho María al pueblo nos maquillaba por completo: pelo canche, cara amarillenta y ropa color ocre. Era la característica que nos regalaba el fino polvo del camino.

Y así, al llegar a casa, se nos preguntaba donde habíamos ido a estropear la ropa y haber desaparecido todo el día. Con la satisfacción de haber pasado un día de alegrías y aventuras respondía: “Xoj’e Cho María” (Fuimos al Cerrito de Guadalupe).

Habrá infinidades de recuerdos y anécdotas que de Cho María podría agregar y que, más de alguno ciertos datos querrá corregir. No obstante, puesto que hace quince años que no voy al lugar y no tengo idea de lo que ahora pase, me entusiasmó varias memorias que viví junto con mis amigos, junto con mi hermanos.

Los detalles espirituales y religiosos de la festividad los dejaré quizá para otra entrega  –ya que de un lado aparecen condenadores, juzgadores y cascarrabias; y del otro, gente piadosa que considera trascendental esta romería–. Pero como no es tema que ocupe el post, cuán admirable sería que los adultos olvidáramos nuestras diferencias ideológicas y religiosas, y conviviéramos siempre en armonía, sin etiquetas y juicios, tal como de niños lo hacíamos; porque como dijera un respetado paisano: “despreciamos a nuestros hermanos en nombre del mismo Dios”. Si y no, y el debate daría para nunca acabar.

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En Cho María, los niños no sabíamos de religión. Si uno era católico, evangélico, testigo o mormón, eso era lo de menos; nos hacía felices la coexistencia, la amistad, la alegría y la infantil diversión.

¡Hasta pronto!

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5 comentarios en “¡Jo’ Cho María muchá!

  1. que bonitos recuerdos aaaaaaquellos tiempos yque no tanta travesura hacia uno de patojo al leer la descripcion me llegaron lindos recuerdos que ya nunca volveran yo tambien pase por esos extravios e isimos esas travesuras con los amiguitos dela cuadra quien no iso travesuras de niño no vivio una infancia saludos atoda la paisanada 100 x 100 COMALAPENCE

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