Ganando el mundo perdiendo a los hijos

–¿Pues si papi… y si jugamos carritos pues? Esta ha sido últimamente la manera en que mi hijo se acerca para recordar y decirme que no he atendido de él.

Tengo una debilidad por la lectura. Una tendencia a devorar ocularmente todas aquellas grafemas conjuntas que atrapen mi interés. Quizá he caído en la insana rutina de la lectura compulsiva y eso me ha hecho perder de ciertos momentos y detalles que a mi alrededor suceda.

Para fortuna mía, tener la compañía de Alejandro todos los días, durante todo el día, supone una especie de equilibrio entre su cuidado y mis hábitos. Por eso este post va más bien a modo de auto análisis registrado para recordarmelo seguido.

He sostenido, aún antes de ser papá, que no quisiera repetir los desaciertos paternales que experimenté durante mi infancia, y que con mis hijos las cosas y situaciones serían diferentes pues tendrían mi cercanía y mentoreo. Pero ahora que intento aplicarme mis dichos y convicciones, caigo en cuenta que estoy acercándome a la negligencia que tanto juzgaba.

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Uno de los errores que muchos padres cometemos es pretender “ganar el mundo”, inmersos en nuestras labores y afanes con tal de procurar una modesta calidad de vida para los nuestros, mientras perdemos a nuestros pequeños en nuestra brillante ausencia.

Por supuesto, no todos quienes desaparecen de la escena familiar lo hacen por el bienestar de los suyos. Sucede que varios tienen motivos egoístas como el reconocimiento público y la aprobación de ajenos, antes que trabajar por la aceptación consanguínea. Sin duda, los motivos de la lejanía paternal-maternal pueden variar, incluso la mayoría obedece a razones loables. No obstante, las consecuencias de nuestra distancia y correspondencia hacia nuestros hijos no los veremos notablemente durante su niñez o adolescencia, sino muy posible en nuestra longevidad.

Ya son varias veces que me han reprendido, diciéndome que a pesar de estar físicamente en casa, mi pensamientos y sentimientos parecen no estarlo; y aunque astuta y hábilmente replique estos señalamientos, las verdades se ensartan profundo y liman la consciencia que el razonamiento reniega.

Sacrificar el amor y tiempo a nuestros hijos, incluso por cuestiones vagas como la obsesión literaria que ahora me afecta de cierto modo, es considerar su presencia y necesidades como algo secundario a nuestras ambiciones e intereses.

He procurado dejar de inmediato aquello en lo que esté sumergido cuando su inocente voz reclama mi presencia y enseguida me veo entre juguetes. No hay algo que me provoque mayor felicidad que cuando al verle a los ojos me suelte una tierna y alegre sonrisa; al tiempo que con pelota en mano me dice: –¿Jugamos fútbol, papi?–

Pueden haber tantas distracciones las cuales estén haciendo que perdamos detalles hermosos de sus vidas: amigos, estudios, trabajo, pasatiempos, redes sociales, entre otros. Por eso, no esperemos que una cámara de fotos o vídeo nos muestre o recuerde aquellos instantes que perdimos con ellos, ni creamos en la falacia que atender la necesidades de los hijos es sinónimo de solvencia económica, o dedicarles unas horas de un fin de semana en lugares recreativos resuelva toda la responsabilidad paterna.

Alguien en algún momento, hablando de relaciones familiares, afirmó: “Para mí el éxito no es que multitudes o extraños me aplaudan y reconozcan, sino que aquellos con quienes me relaciono a diario, mi familia, me digan: lo estás haciendo bien.”

¡Vaya si no es un enorme desafío! Sigamos aprendiendo. Sigamos creciendo.

Y por último vean este vídeo:

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