Cultura Liar

El sujeto llegó presuroso por segunda ocasión, jadeando, casi sudando, a mi improvisada oficina. Esperó, ansioso en pronunciarse, ya que en su inesperada entrada, seguía yo atendiendo a uno de nuestros visitantes. Habíamos hablado unas horas atrás, acerca de un favor económico que urgente necesitaba; cuestión que le negué en primera instancia, debido a que el día inmediato, precisaba resolver, obligaciones del mismo carácter que bajo ninguna circunstancia podía desatender.

Apenas aguardó la despedida del cliente, cuando presto importunó diciendo: —¡Viejo! Haceme la pala* con Q.????.00, es que antes de las 6:00PM, debo resolver lo que te comenté en la mañana. Tengo un amigo que viene de viaje y está por llegar, quien ya prometió ayudarme con este rollo; y que solo al llegar, me dará el dinero para devolverte el favor. ¡Buena onda mano, máximo una hora y regreso con vos!…

Ante situaciones así, y suponiendo, que las personas fuertemente cercanas, en casos de angustia y necesidad extremos, dejan como garantía su palabra en su competencia de gente adulta; al mismo tiempo en que era la segunda ocasión durante el día en que requería un favor, no vacilé en proporcionarle lo que solicitaba, con la salvedad de resolver lo concedido, en el tiempo y lugar que habíamos fijado.

Confié ingenuo en su actitud quebrada y desamparada, diciéndome internamente, que quizá, podría llegar a una condición parecida; y que me gustaría recibir los mismos tratos y favores que ahora estaba conciliando. También recordé, que hubieron momentos cruciales, de los que suplicante, incomodé a más de alguna persona; y estos, con su paciencia, solidaridad, compasión o lástima, -hasta aquí nunca me enteré- se dignaron a escuchar y favorecerme en mis carencias y penurias.

Con estos pensamientos y alusiones, observé como enseguida le cambió el semblante de afligido a afortunado, al poner en sus manos la cantidad que había suplicado. Se despidió de nuevo con prisa, agradeciendo el hecho; y se fue sin el aspecto apenado que mostró cuando recién había entrado.

Como dije, cuando conoces a una persona no solo de vista ni de nombre, sino por relación, aunque poca, pero relación al fin de cuentas; supones que “su palabra de hombre”, será consecuente con su edad, experiencias y responsabilidades.¡Vaya preocupaciones y disgustos innecesarios que uno se propina, cuando no se toma la molestia en considerar la forma de vida actual del sujeto quien insiste en semejantes favores!. Tomar en cuenta la solvencia y compromiso familiar, estabilidad laboral, prioridades visibles, valores morales o antecedentes; nunca serán por demás, a la hora de asistir en negocios serios a personas que nos lo demanden.

No quisiera finalizar este apartado sin mencionar, que tal individuo, incumplió al convenio que establecimos: y que nosotros, por poco infringimos a nuestros acuerdos legales y formales, de no ser por el positivo lazo que nos brindan otras fuentes. En todo esto, esperé al menos, una llamada con cualquier objeción que me asegurara su irresponsabilidad; sin embargo, el tipo confiado en su astucia, viajó a trabajar a otra ciudad, sin que se haya comunicado para liquidar su deber. Nos dejó como menciona el dicho: “unos en la pena y otros en la pepena”.

Fue así como estando en serios aprietos, tomé la iniciativa en llamarle, un día posterior a lo acordado, y preguntarle por el eludido tratado, que resignado a mi reproche, afirmó resolver el día siguiente. Ustedes deducirán amados lectores, que respuesta recibirá aquel, que contraviene a su palabra, y que vuelva a buscar favor alguno conmigo. Es cuestión de compromiso, nada personal.

Aquí vamos

¿De qué trata entonces el título en cuestión? ¿Que pretendo señalar con la narrativa anterior?

El suceso descrito, es apenas una forma, en como la mentira y el engaño; hábitos impregnados en el ADN de casi todas las personas en el globo, irrumpen, trastornan, desgastan, consumen, obstruyen, desacreditan o destruyen: relaciones, confianza, oportunidades y beneficios. Si bien es cierto, estas también, hacen que determinados individuos consigan cómodamente y con desfachatez, sus ambiciones, propósitos, puestos o ventajas; las cuales, tendrán sus respectivas consecuencias, de las que muchas veces ignoramos el grado de impacto que pueden ocasionar, mayormente cuando les restamos importancia.

Por supuesto, mentir no es un asunto de cultura propiamente dicho; más bien, es una cuestión de carácter. Propiedad que se adquiere de los valores, y esto a su vez, de nuestras creencias. Desde luego, se menciona bajo sustento psicológico que las personas, solemos mentir desde los tres años de edad como “habilidad natural”, para salir del paso o para evitar algún castigo. Sin embargo, defiendo, que los niños son propensos a adquirir en casa, ya sea de sus padres o tutores, las habilidades o actitudes que les enmarquen en su código de comunicación; derivado de las convicciones, que estos a la vez, sostengan en su calidad -conscientes o no- de mentores.

Paradójicamente, hoy más que nunca -según mi percepción- las personas exigimos honestidad, verdad, transparencia e integridad en los demás; no obstante, al encontrarnos en situaciones en donde nuestros intereses son afectados, recurrimos al largo y creativo camino de la mentira. Digo, la verdad es eterna y completamente sencilla, aunque muchos discrepen con mi aseveración; contrario a la mentira y al engaño, en donde se debe formar una serie ideas, pensamientos y/o acciones, muchas veces complejas y estresantes, para llevarlas a cabo.

Llegado a este apartado, debo enfatizar, que clínica y personalmente, se considera a la honestidad, como una fuente de beneficios psicológicamente extraordinarios. ¡No hay nada más liberador y satisfactorio que actuar o hablar la verdad! Las mentiras en cambio, afectan nuestro cerebro y comportamiento. Mentimos porque no queremos parecer groseros. Mentimos “piadosamente” porque suponemos que estas son inofensivas, o porque sus consecuencias son “buenas” o ficticias.

“Las mentiras cargan nuestro cerebro, causan estrés y dañan nuestro cuerpo. El mentir requiere de un gran esfuerzo. Cuando decimos la verdad, solo tenemos que recordar lo que sucedió. Sin embargo, cuando mentimos, tenemos que considerar lo que estamos tratando de ocultar, encontrar una versión creíble; de lo contrario, presentar una actuación convincente para lograr vender esa mentira, y seguidamente, recordarla por el resto de la eternidad, para nunca ser descubiertos”, menciona la doctora Mónica M. Facusse, psicóloga/psicoterapeuta, en su artículo: Las mentiras y sus consecuencias.

Las mentiras y los engaños, han formado yunta, que adoptadas a nuestro sistema de valores, hacen que logremos objetivos, que jamás pudiéramos lograr, si transitáramos por la repudiada calzada de la verdad; pero que al admitirlas, solo nos convierte en personas autoengañadas, puériles, paupérrimas e infames; aún cuando nuestra sonrisa deslumbre aires de persona irreprochable.

Lucha constante

Cada día somos testigos de insondables mentiras y engaños. Periódicos, radio, televisión, Internet, incluso nosotros mismos; seamos quizá, los portadores o ejecutores de los mismos. En medio de esta vorágine carente de valores y principios que sumen aspectos positivos en el carácter de los individuos, valdría la pena ir contracorriente, para no contribuir a tergiversar la realidad o modelar una supuesta vida íntegra, que tarde o temprano se resquebrajará hasta el polvo; mostrando consigo, los hilos deplorables que entretejieron nuestras decisiones.

—¡Ay si, ay así! —Dirán algunos. —¡Ya nos salió este tipo con su tacuche de santo e intachable! —¡Desde luego que no! Hubo ocasiones, en los que incurrí en estos contravalores que no solo me costaron una posición, sino también: reputación, confianza, respeto, amistades y todo lo que había construido; no porque no haya sido un “habil mentiroso”, más bien, porque todo lo oscuro en algún momento debe salir a luz.

Si me cuesta incluso cumplir el noveno u octavo mandamiento, según el decálogo de cada quien, ¿Imagínense ahora los otros nueve? Pero ahí voy, en el angosto camino de la anormalidad, con la difícil etiqueta de seguidor de Cristo.

¡Piensa, te va a gustar!

*Hacer la pala: otorgar, dar, hacer un favor.

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