Tú que enseñas a otros ¿no te enseñas a ti mismo?

Habrá quienes objetarán mi constancia y cuestionarán el efecto exterior e íntimo de mi fe, pues mediante estas confesiones, deducirán mi variabilidad y falta de compromiso; no obstante, no tengo inconveniente alguno en reconocer mis defectos, desaciertos, u ocultar de qué pie cojeo; si a fin de cuentas, la hipocresía solo nos hace hábiles idiotas.

No es mi intención, desde luego, aparentar aires de espiritualidad; más bien, escribo sobre mí, lo más honesto posible, compartiendo mis observaciones, “descubrimientos” y vivencias, sobre todo lo que suponga una zona de reflexión; primeramente personal, y luego, si por casualidad, alguno encuentra un ápice de identificación.

Perdí durante uno días el matutino habito de meditar sobre un metódico fragmento bíblico, previo a iniciar con los afanes del día. Había determinado y conseguido realizar esta actividad durante un tiempo ya considerable, teniendo como objetivo principal, desarrollar un nexo más completo con el Señor, así como ejercer disciplina y prioridad sobre mis ocupaciones.

Esta instructiva experiencia me hacía pensar, al paso de las horas, en sus sitios de aplicación; mientras surgían de igual forma, un cúmulo de dudas e ideas, que cobraban sentido, entretanto avanzaba en la reflexión del texto.

Gradualmente, fui descuidando importante práctica personal, a consecuencia de otras tareas significativas, no triviales, que meritaban atención; pero que, usurparon notablemente mi virtuoso cometido que día a día había tomado forma, puesto que tampoco aparté, ocasión adicional en el día para continuar con regular labor. Consciente que tal negligencia erosionaría lentamente mi salud espiritual, y por consiguiente, todo lo demás; me levanté un día de estos, resuelto a reanudar mi elemental ejercicio cristiano.

Internamente, pedí a Dios que me hablara a través de su Palabra. Busqué “revelación” según los más “ungidos”, un “rema” según los más teologizados. Requerí en mi ser un anhelo de escucharle, de saber que el Padre está cercano y pendiente a mi crecimiento y necesidad. Con ese deseo, abrí la Biblia hasta mi última lectura, y lo que leí, me cayó como balde de agua fría en helada mañana:

—“¿Pero qué pasa contigo? —Acertó preciso el autor.

Dices que confías en la ley y te jactas de tu relación especial con Dios. Que sabes lo que a él le agrada, que sabes bien qué es lo correcto, porque se te ha enseñado su ley; que estás convencido de ser guía de los ciegos y luz de los que están en la oscuridad. Que piensas que puedes instruir al ignorante y enseñar a los inexpertos los caminos de Dios, pues estás seguro de que la ley de Dios te da pleno conocimiento y toda la verdad.

—En fin, —continuó el escritor —Tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas a otros que no se debe robar, ¿robas? Tú que dices que no se debe cometer adulterio, ¿adulteras? Tú que condenas la idolatría, ¿usas objetos robados de los templos? Te sientes muy orgulloso de conocer la ley, pero deshonras a Dios al quebrantarla. No es extraño que las Escrituras digan: «Los gentiles blasfeman el nombre de Dios por causa de ustedes»”

Continué con aquella fracción de lectura hasta terminarla, pero esta parte del capítulo, se implantó como una espina en mi ser, que me dejó completamente incómodo.

Entablé enseguida una especie de diálogo mental, especulando interrogantes; en tanto, la parte gris de mi alma, procuraba sobresalir, manifestando que leer el sagrado libro era un suicidio emocional.

—No te atormentes así. —Decía la sombría voz interior. —Los cristianos también pecan y algunos peor. —Insistía

Lo tuyo son solamente miradas, deseos, minúsculos errores que pueden resolverse con una oración. No es nada grave. —Importunaba.

La oscura voz, mis queridos, no era más que yo mismo, pretendiendo eximir sus responsabilidades y faltas; que por más que uno quiera, no puede suprimir ni desvanecer de su consciencia. Me detuve entonces a indagar en mi ser, todo lo que hiciera analogía y tuviera afinidad entre el texto y mi vida; y puedo decir, que si una introspección mía pudiera colgarse en YouTube, todos me desconocerían y me condenarían a la hoguera. ¿Algún voluntario que se apunte para que contemplemos su cristalina vida?

Quiero decir, que podemos engañar a otros, a todos, o a cualquiera, con el ropaje de personaje impecable, al tiempo que carguemos internamente, toda un sistema moral, valores, conductas o actitudes putrefactos, inconsecuentes a nuestro credo. La hipocresía quizá, es uno de los mayores males que cualquier cristiano pueda imponerse; y que en raras ocasiones, nos atrevemos a exponer por el temor a sufrir sus efectos.

Ser reprendido, confrontado o corregido, no resulta agradable si alguno lo supone. Que alguien devele nuestras incoherencias y desnude nuestro verdadero estado, molesta. Puede que por eso, muchos no abren la Biblia, porque ella muestra como espejo, todas nuestras imperfecciones, equivocaciones y pecados. Manifiesta nuestra bajeza, vileza y necesidad. Sus disposiciones se contraponen al autogobierno, libertinaje e independencia que muchos defienden; ideales inmunes a las normas universales e imperecederas del sagrado libro, que multitudes descalifican, para que no exista precepto alguno que rija sus desordenadas vidas.

No caben dudas, que la afirmación epistolar: “Cada palabra que Dios pronuncia tiene poder y tiene vida. La Palabra de Dios es más cortante que una espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Allí examina nuestros pensamientos y deseos, y deja en claro si son buenos o malos”; se vuelve efectiva, cuando su contenido se vive y aplica, primero en quien pretenda compartirlo.

Tal vez, una oración que hemos dejado de hacer y que es necesario retomar, sea: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna.

¡Piensa, te va a gustar!

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