!Papi, deja ya el teléfono!

Estas fueron literalmente las palabras de mi hijo la noche de ayer, luego que, de manera insistente y exigente, me llamara a jugar la recién implantada diversión de cada día de: el jinete y el caballo. Si algo reconozco sin tapujos, es que, desde mi renuncia a la excesiva, indisciplinada e indómita presencia en las redes sociales, lo cual expongo en el artículo: “Redes Sociales: Confesiones de un adicto”; es que, procuro no estar inmerso en estos ocios, pendiente más de las notificaciones de los sitios web que de mi familia.

Al escuchar su casi llorosa voz, sentí los nervios correr por mi cara al punto del sonrojo; al tiempo que resonó inmediato en mi mente la reprensión que Pablo inserta en su carta a los Romanos diciendo: “…tú que juzgas a otros y sin embargo haces lo mismo que ellos” (2:3). Por supuesto, no tengo ningún problema en reconocer que tampoco soy un impulsivo al teléfono inteligente, me retraigo de él lo más que puedo durante el día para luego revisar en unos minutos durante la noche todos los textos que me hayan ingresado; pero al oír esa demanda de mi pequeño, estimé que nadie en el mundo me había dado hasta ahora, una completa, sincera, humilde y aguda reprensión en cuanto a dedicar el mejor y mayor tiempo posible a mi hijo.

Estuve a punto de llorar mientras le abrazaba, dejando a un lado el malgastado smartphone que colaboraba mudo en mi desatención y prioridad paterna, lanzándome de inmediato con él a la cama, y ni bien me había puesto boca abajo figurando a un animado corcel, estaba luego sobre mí halando de mi playera y gritando: —¡iiiijaa! — Giré la cabeza cuanto pude, y enseguida, se me impregnó su vasta sonrisa, feliz y entusiasmado de que por fin su padre había accedido a jugar con su desesperado hijo; en tanto, tiró más fuerte de mi playera gritando: —¡Ale caballito!

Jugamos un buen rato al caballo y al jinete, a las cosquillas, a los sapitos… y ya cansando, manifestó sus ganas de dormir.

Hay cosas que al parecer (según nosotros los adultos), nuestros niños jamás se fijan; no obstante, no hay situación más alejada de la realidad, triste y condenable, el pretender que ellos no se ven afectados por los desfaces que los padres asumimos. Es cierto, en ocasiones se presentan situaciones ajenas en las que nos vemos obligados a sacrificar un poco del tiempo que corresponde a nuestros hijos a otros pormenores. Sin embargo, emplear el tiempo que tenemos para ellos, enfocados y absortos en quien nos marca un “Favorito”, nos da “Retuit”, “Like’s”, que “novedades” hay, o quien “comenta” nuestras publicaciones, solo manifiesta el nivel de respeto, importancia y amor a quienes nos rodean.

He dicho personalmente que no quisiera repetir los “errores” de mis padres en su desatención a nosotros porque estuvieron sumidos en sus negocios, trabajos, relaciones, entre otros; pero al fijarme bien, la actitud lejana de ellos en un mayor porcentaje se debía más porque buscaban, en la mayoría los casos, lo mejor para sus hijos: educación, vestido, vivienda, buen porvenir y otros factores. Si ellos desestimaron en cierta forma el cuidado que requeríamos, quizá se debió a su falta de educación y oportunidades, en un menor grado su compromiso; pero nosotros, teniendo un sin fin de recursos para “corregir las deficiencias” de nuestros progenitores, no tenemos excusa válida cuando nuestros hijos nos reclamen más adelante que no tuvimos el coraje ni la ocasión para acompañarlos en su desarrollo; si cuando lo tuvimos, nos importó más responder a los avisos, muchas veces ridículos de nuestros medios sociales del Internet.

Hay otros detalles que pudieran deducirse de esta crónica; aún así, rescaté estos aspectos que fulminaron mi interior; pues mi hijo que está por cumplir sus tres años de edad, demandó inocente la presencia y el cariño de su padre; aunque apenas me había acomodado en el sillón para tomar un respiro de un día largo.

Recién comienzo a gatear en esta aventura de papá novato: llorando, riendo, preocupándome, desvelando, descubriendo, errando y más; no pierdo entonces el sentido, en que tengo mucho, mucho por aprender y corregir.

¡Piensa, te va a gustar!

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