El Club de la Toalla y la Vasija

Aquella junta encerraba en su atmósfera una especie de nostalgia abrumadora. Nadie osaba a pronunciar palabra alguna. Los trozos de pan se los llevaban a la boca más o menos en cámara lenta, mientras masticaban el simbólico alimento con cierta dilación y amargura. Sus bocas secas y resquebrajados labios, recibían la desabrida hogaza que se entremezclaba con la escasa saliva, la cual ingerían con intriga.

Algunos entrecortaban tímidas miradas. Otros fruncían el ceño expectantes, mientras que los nervios hacían lucir desconfiado nada más que a un inmoral militante. No era para menos el ambiente. El protagonista de la concebida asamblea, era estremecido en su interior por desmedidos sentimientos, pues estaba a unas horas a su sentencia de muerte. Apenas era acompañado por sus más íntimos amigos. Hombres rústicos y de poca fama, que se incomodaban al compás de los sigilosos segundos a inhabitual circunstancia.

¿Era acaso este reservado banquete un preámbulo de partida? ¿De qué forma se podría quebrar el hielo en tan gélida despedida?

Faena de esclavos

Un inesperado chillido se dejó oír en aquella habitación con poco brillo. El principal, se había puesto en pie, determinado a realizar una memorable hazaña de esclavos y no de anfitriones. Los veinticuatro ojos casi irritados se centraron en él. Lo que estaba a punto de suceder, sería recordado en un postrer. El sujeto al parecer, no vacilaba en su proceder. Los turbados comensales, le seguían con miradas suspicaces no dando crédito a lo que presenciaban.

Se despojó el hombre de su acostumbrada túnica, abandonándola en el áspero suelo y la reemplazó por una larga toalla deshumedecida, atándoselo a la cintura. Recorrió inmediato con la vista las cuatro paredes ordinarias y caminó hasta una esquina hacia unas jarras que anticipadamente había preparado. Vertió un poco de agua en una onda vasija de barro y retornó solemne hacia la mesa donde sorprendidos contemplaban los invitados.

Apoyó una de sus rodillas en el sucio piso e inclinándose ante un aturdido amigo, le desató sus desgatadas y empolvadas sandalias mojando sus hoscos pies; retirando al tiempo, el fluido lodo marrón que producían el agua y la arena. El cohibido aprendiz sudaba pasmado; entretanto, los fríos y eléctricos nervios recorrían por su espalda, mientras su distinguido mentor le palpaba los pies, volviendo a remojarlos con agua y secándoselos enseguida.

Un hombre terco

Los incultos hombres no articulaban objeción, más solamente desconcierto. El ilustre anfitrión, ya contaba siete pares de pies lavados cuando se encaró con un rudo y enérgico marinero:

—Señor, ¿Tú vas a lavarme los pies a mí?— Cuestionó el vulgar e indignado pescador.

—Algún día lo entenderás— Le increpó amoroso el respetable adalid.

—¡De ninguna manera!— Protestó acalorado el descortés marino. —!Jamás me lavarás los pies!— Arguyó precipitado.

Los demás espectadores no sabían como actuar ni que decir. Asistían impotentes al diálogo inusitado. El honorable líder caminó de nuevo hasta los jarros con agua, y volvió a echar más del cristalino líquido en el pequeño recipiente que seguiría utilizando en el aseo.

Mientras el molesto individuo pensaba en el incongruente hecho, se escuchó en la sala una entrañable expresión:

—Si no dejas que te lave los pies, no te consideraré mi seguidor.— Declaró resuelto el joven rabino.

Cambio de opinión

El hábil pescador, seguía sin consentir que su maestro se rebajara a tal situación. No meditaba en que  este rechazo, suponía el desprecio de una simbólica limpieza superior ni que tal acontecimiento constituía un paradigma trascendental, hasta que reflexionó exclamando:

—¡Si ser lavado por ti tiene tanto significado, entonces… No me laves solo los pies, sino también las manos y la cabeza! ¿Qué significado tendría mi vivir si no fuera parte de los tuyos? ¿Qué otro propósito más sublime puede existir sino el pertenecerte?—

Su característica negativa y su impetuoso cambio de actitud, eran propios de este extravagante marinero, quien finalmente cedió a inesperada y amorosa disposición demanda en exclusiva cena.

Amando al topo

Aún sabiendo que la deslealtad de uno le traería ofensas, insultos e injurias, prosiguió su faena con los últimos que restaban; siendo éstos, más receptivos y menos perplejos que los primeros; estableciendo así, un patrón de amor, perdón, aceptación y servicio, incluso a aquellos que movidos por su oscuras y egoístas ambiciones, conspiran y abandonan a los más fieles amigos.

—¡No todos están limpios!— Dijo el maestro, acentuando en primera instancia la falta de integridad de unos de los presentes; quien sobornado por el alto poder religioso para entregar a su preceptor, se estremeció aludido por su falta de pureza,  acomodándose nervioso en su cálido asiento; entretanto sonreía maléfico en sus adentros, acariciando celoso bajo su manto las treinta piezas de plata.

Preceptos entorno a la mesa

El anfitrión colocó meticuloso la vasija al lado de los cántaros, secó sus manos y levantó su lanuda túnica que había dejado en el piso poniéndosela con tranquilidad. Contempló con una débil sonrisa a sus todavía expectantes camaradas y regresó a la mesa para emitir sus profundas ordenanzas.

—¿Entienden lo que he hecho con ustedes?— Preguntó, esperando una reacción en sus compañeros. Es decir, si habían captado el sentido. —¿Han aprendido?—

—Ustedes…— Indicó, mientras hacía contacto visual con cada uno. —Me llaman Señor y Maestro, y tienen razón porque lo soy.— Prosiguió. —Pues si yo, su Maestro y su Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.— Continuó, refiriéndose a la sublime actitud humilde y servicial que había efectuado para con ellos y que debían imitar todos los que se acogieran bajo su título.

—¡Les dí mi ejemplo para que lo sigan.— Reanudó, al instante que tomó un sorbo de la copa para mitigar su aumentada sed.

Continuará…

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