¡No tomes más mi mano Papá!

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Había decido escribir respecto de algunas vivencias que tengo con mi hiperactivo hijo Alejandro, por lo que  más de una vez, tomé tiempo para observar si su repentina independencia paternal se repetía más seguido; y en efecto, mientras crecía y tomaba mayor confianza de su entorno, reincidía en su autosuficiencia, llevando consigo los ‘duros golpes’ de sus innumerables caídas -insignificantes gracias a Dios-, consecuencias de su recurrente autonomía.

Desde que tuvo la capacidad de andar y correr con absoluta libertad, comencé a sentir una leve ausencia de su necesidad de cuidado, así como de su deseo exploratorio del ambiente, pues cada vez que íbamos de paseo o de compras, no tardaban sus pequeñas manos en aferrarse a mis dedos diez o quince segundos, que de inmediato se soltaba, corría, saltaba y cortaba cuántos Dientes de León encontrara a su paso.

Efectivamente, todo esto es parte del desarrollo natural de cualquier niño salubre; y mientras lo contemplaba, hubo más de una ocasión en que las “basuritas” en mi ojo hacían relucir alguna que otra lágrima al verlo lleno de vida, feliz, despreocupado, seguro de que si en algún momento tenía algún traspié o amenaza, ahí estaría yo para cuidar de él.

En otras palabras

Los que han leído algunos de mis anteriores post’s, conocerán que a menudo procuro asociar los sucesos y detalles de mi vida a mi crecimiento espiritual; pues en ellos, encuentro elementos o circunstancias que puedo equiparar, y que de algún modo, sean un motor para seguir confiando en el Padre, ya sea también para quitar o dejar de hacer algo que estorbe mi peregrinación.

En consecuencia, examinar a mi hijo en su insistente deseo de libertad y no en su dependencia  de mí al caminar por las peligrosas vías de la ciudad, no es más que una imagen de nuestra muy negada condición espiritual.

En toda la historia de la humanidad las personas han ansiado libertad, independencia, autonomía y autogobierno, sin mediación ni necesidad de un ente divino, pues le consideran aguafiestas de su diversión o un concepto arcaico difícil de concebir en sus “evolucionadas” mentes, mostrando así su arrogancia, cegándose y haciéndose ellos mismos su propio dios. La contraposición es manifestada por gente que expresa su intrínseca necesidad de conexión y dependencia de su Creador, sin obviar que en algún momento batallamos con las dudas al buscar nuestro sentido de pertenencia.

Cuestionamientos

Es aquí donde hacen eco los retratos mentales de mi hijo y me pregunto ¿En que parte de la vida Dios es ajeno a nuestras caídas, desgracias, yerros o equivocaciones? ¿En qué momento el Padre nos pone un traspié para fracturar y enlodarnos la vida? ¿No es acaso su creación deseosa de permisividad y libertad? ¿No es acaso el hijo diciéndole al Padre: ¡No tomes más mi mano papá!? ¿No es la criatura diciéndole a su creador: No te necesito, puedo solo, no me interesan tu preceptos, sé como vivir, sé como andar?

Ahora entiendo en parte, por qué Jesús nos desafía a recibir el reino de Dios como un niño, para poder entrar en el: Una absoluta disposición de reconocer que tenemos necesidad del Padre. Una disposición que disipa todo orgullo. Un corazón dispuesto a llorar y pedir auxilio en medio de las caídas. Una mente que razona que no puede solo con su cúmulo de dificultades y que necesita de las manos del Padre para ayudarle con sus cargas y abrazarle como hijo. ¡Disposición!

Llorar es de valientes. Buscar ayuda es de sabios. Porque cuando estás por los suelos, puedo asegurarte que el Padre está tan cercano que solo basta disponer del corazón para llamarle; pues es el único que puede levantarnos y aceptarnos como hijo, aún cuando nuestra condición sea la más despreciable de todas.

¡Piensa, te va a gustar!

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