Un Dios ciego, mudo, sordo y distante.

Este era mi flamante tercer año sirviendo en el ministerio, en una pequeña congregación kaqchikel; dispersa en una aldea, ubicada alrededor de una boscosa y fértil montaña de mi Guatemala.

Las productivas laderas y escasas planicies del lugar, armonizaban con la colorida vestimenta de su gente, entretejidas con su tímida cordialidad. Humildes casas construidas de adobe, tejas y maderas, formaban parte del singular paisaje; en las que en alguna de ellas, se protagonizaría un inesperado suceso que marcaría profundamente mi cosmovisión espiritual.

Tres años antes del súbito acontecimiento que estaré describiendo, viajábamos en un acalorado pick-up subiendo un escabroso camino; mientras un bigotudo y gordo pastor me indicaba: —”Hermano, si usted no sabe hablar kaqchikel, acá tendrá que ingeniárselas y  aprender; pues acá, todas las personas se comunican en ese idioma, y por consiguiente, tendrá que predicarles en esa forma.

Tragué repentino mi empolvada saliva, respirando a la vez leve despreocupación, ya que desde niño mi madre se encargó de enseñarnos el lenguaje étnico local; y aunque no dominaba todas las acepciones ni hablaba con fluidez el dialecto, internamente oré a Dios para progresar ante semejante desafío.

Llegado ya a nuestro destino, y cumpliendo el respectivo protocolo y por menores; fui establecido como el nuevo dirigente espiritual de una asamblea de no menos de 50 personas. Gente sin igual, que día tras día, fueron mostrando su cariño, paciencia y respeto, hacia un jovencito novel en tal empresa, quien había puesto sus manos en el “arado”.

Un amigo llamado Josué

Dentro del heterogéneo grupo figuraba un niño de diez años, quien desde los primeros días de mi estadía en aquella remota y nublada zona, se constituyó en un compañero, un maestro de sencillez, disposición e idioma; pero sobre todo, en amigo. Un pequeño hermano que me enseñó coraje, lucha, perseverancia y fe, entre sus numerosos distintivos; quien luego de una insospechada, trágica y triste etapa, se nos adelantó a la eternidad.

A sus escasos trece años, fue víctima repentina de una enfermedad de la que nunca hubo diagnóstico certero; a pesar de haber sido atendido médica y profesionalmente en un hospital de la ciudad, donde final e inaceptablemente expiró.

La funesta escena jamás hubiera rayado en lo trágico, sino fuese por los acontecimientos previos y posteriores que golpearon a desafortunada familia.

Falta de fe o un Dios demasiado ocupado

Mucho antes que Josué fuera internado en el hospital, estuvimos acompañando su lucha por sobrevivir un poco más de dos meses. Días y noches interminables y agotadores. Fue un caso excepcional, pues mi casi inseparable amigo, no daba muestras ni quejas deficientes de salud. Gozaba de una excéntrica energía que proyectaba en sus aspiraciones deportivas. Un pequeño soñador rural que fue truncado por una devastadora e incógnita enfermedad.

Lo vi sufrir, clamar, gemir e implorar sanidad. Redibujo aquellas imágenes pues quedaron profundamente marcados en mi ser. Oramos, ayunamos, rogamos, suplicamos, hicimos todo lo mortal, espiritual y bíblicamente aceptable por verlo sano; pero el Dios a quien invocábamos confiados, parecía estar ciego, mudo, sordo y distante.

Como amigo y pastor de este agónico adolescente, presencié y participé en incontables oraciones al punto del cansancio. Me afiancé de todo versículo bíblico con promesa de sanidad. Recitaba con fe aquellos versos que aseguraban una respuesta e intervención precisa de Dios: “Y quitará el Señor de ti toda enfermedad…”, “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas….”, “Más yo haré venir sanidad…”, “Por su llaga fuimos curados”, “Nos dio autoridad sobre toda enfermedad y toda dolencia…”, “…sobre los enfermos pondrán las manos, y sanarán”, “ungiéndole con aceite en el nombre del Señor…” “…La oración de fe salvará al enfermo,  y el Señor lo levantará…”; entre tantos y tantos más.

Trato de ser lo más honesto al compartirles estas experiencias, y la verdad: ¡Me hastíe! Creo que la familia de Josué comenzó a tenerme desconfianza en mi posición de “siervo de Dios”, dudando de mis sinceras y calmadas plegarias; pues estando todos en la categoría de pentecostales a ultranza, esperaban -suponía- un poco más de oraciones vociferadas, imposición de manos epilépticas, visiones, sueños o éxtasis proféticos que mediaran la ayuda divina.

Procuré apegarme lo más fiel a La Palabra, cuidando no pronunciar ninguna interpretación o visión personal e imaginaria que me hiciera ver más espiritual ante la familia y darles falsas esperanzas. Como dije, creo que dedujeron mi incompetencia ante semejante situación; y comencé a ver, como “hermanos de oración”, “profetas y profetisas”, esperaban turno para dar su mejor predicción “soñada” o “visionada”; alzando voces ensordecedores e imponiendo manos convulsivas sobre un agónico niño. “Profecías” que terminaron siendo ilusorias, pues mi inolvidable y esperanzado amigo, acabó abandonándonos sin que le haya dicho: ¡Hasta pronto!

Aún con vida, Josué me decía que no dejaría de confiar en Dios. Comenzó a pedir gustos personales, como diciendo: Quiero hacer, ir, ver, comer y sentir esto antes de partir. Me angustiaba ver y escucharle así. No obstante, no hubo ningún momento en el que dejé de creer por una respuesta de Dios; sin embargo, el Todopoderoso al parecer, estuvo ajeno, no vio, no escuchó, no habló.

Lloré, clamé, rogué, reprendí, “eché fuera”, até y re-até todo posible “espíritu de enfermedad” o “demonio perturbador” y nada pasó. ¿Me faltó fe o Dios estuvo demasiado ocupado para atender un miserable suceso ante su omnipotencia? Quizá nos faltó “pactar” o “sembrar” para el “reino” en la TV cristiana internacional para “activar” el milagro. ¿Quién sabe?

Haber estado ahí y ver como a la persona que estimas va muriendo lenta y tristemente sin tener una respuesta de Dios, me hizo dudar, no de Él, sino de lo que yo hacía en ese momento. Me hizo cuestionar el llamado y los dones, pues me sentía al punto de la indignación al recurrir a promesa tras promesa de la Biblia, como hijo de Dios y seguidor de Jesús, sin que una de estas se haya cumplido. Me sentía defraudado. Cuestionaba que a lo mejor era falta de fe de la familia, de Josué, de los que oraban, una maldición, castigo. Me faltó discernimiento, supongo.

Si bien es cierto, puede que yo era el menos afectado en relación con los padres y familia de este muchacho, pero tenía mis luchas y dudas internas en torno al ministerio.

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Josué el día de su bautizo.

Llueve sobre mojado

La familia de Josué a pesar de sus escasos recursos  y un corazón quebrado al apenas sobreponerse a la muerte de la primeriza de su cuarto hijo, no dejaban de congregarse y participar fielmente a los servicios de la congregación. Una numerosa familia que sumaban 20 asistentes y que estaban confiados que en algún momento vendría del cielo una esperanza, un alivio, un consuelo.

Una imprevisible tarde de invierno, caminábamos lúgubres bajo la intermitente lluvia, subiendo la arenosa pendiente que conducía al cementerio, cargando el ataúd en el que reposaba inerte mi querido amigo.

El lodoso suelo, hacía casi imposible mantenerse firme alrededor de la recién cavada tumba, donde descansaría hasta el llamado del Creador, el cuerpo de un chico que me sonrió calmado la última vez que oré junto a él. La lluvia se entremezclaba con las lágrimas de los padres, hermanos y familiares; mientras este servidor con un nudo en la garganta, se contenía en participar en melancólica escena, pronunciando a quebrada voz aquellos versículos que oportunamente había seleccionado.

Los más osados y expertos biblistas resumen este inexplicable hecho de la vida real lleno de fe y clamor en: Soberanía de Dios; yo hasta ahora, sigo cuestionando por qué para nosotros el tercer cielo se tornó en esos días, un lugar impenetrable a nuestras oraciones. En todo esto, siempre tuve en el corazón las esperanzadoras palabras que rezan: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.

Puede que el sufrimiento y clamor en el mundo sean suficientemente irritantes para los ojos y oídos de un Dios sublime. No obstante, suelo resumir mi condición finita preguntando: ¿Cómo puede objetar el barro al alfarero acerca de su moldeado?

Mientras tanto, seguiré confiado que en la eternidad, ante su incomparable Majestad, tendremos todas las respuestas a cuantas frustraciones, miserias y desconsuelos, injusto a nuestros ojos, experimentemos acá en la tierra; pues “Él enjugará toda lágrima de los ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor”. Bueno…. eso si nos hallamos en el lado correcto de la inmortalidad.

¡Piensa, te va a gustar!

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