Un insecto con segundas oportunidades

Apenas había entrado a mi informal oficina cuando un súbito grito de mi inquieto hijo, hizo a que me inclinara de inmediato al polvoriento suelo para observar perplejo su inhabitual descubrimiento que con miedo y risa señalaba.

Admito que desde niño hasta hoy, siempre me han provocado una cobarde reacción los monstruos en miniatura, —y esta vez no fue la excepción—, pues un inesperado coleóptero descansaba inusual en el piso, distinguido por una deslumbrante y a la vez terrorífica apariencia.

Entre los pequeños saltos y fortuitos alaridos que mi hijo propinaba en dramática escena; me percaté que aquel insecto yacía moribundo, moviendo a pausas, cuatro de sus seis patas, pues sus dos extremidades traseras permanecían estáticas; al parecer atrofiadas, en quién sabe que mala fortuna.

Impotente en voltearse, decidí terminar con repentino estupor. Baje la mano para retirarlo de aquel lugar con aumentada desconfianza, pensando que el casual bicho podría revivir insospechado, alguna forma de ataque que agravaría mis temores a repugnantes seres.

Tomé al insecto de la mitad inferior de su cuerpo al mismo tiempo a sus inmóviles patas, y me llevé fabulosa sorpresa al girarlo; admiración que capturé en fotografía y que hace gala gráfica del post en lectura, antes de llevarlo a un impreciso jardín para darle libertad y aliento, de lo que estoy inseguro sea su particular hábitat.

La verdad es que mi primera reacción temeraria, la cuál cruzó en mi cabeza el primer instante que vi al insecto, fue aplastarlo sin más premeditación; pero la inocente risa y curiosidad de mi pequeño hijo detuvo mi maléfica intención. Ese infantil merodeo esperaba una actitud totalmente diferente a la perversa idea que tuve en un inicio, sin importarle desde luego, mi casi absurda fobia al minúsculo escarabajo.

Ese día, un niño y un bicho me recordaban la importancia de las segundas oportunidades.

En una grisácea estación de la vida, no por una mala fortuna, sino por mi inconsecuente vivir; me encontré como aquel escarabajo —de espaldas y sin poder que hacer— que aquella mañana había provocado rememorar a esos amigos y colegas, que no les importó jamás fijarse en una vil experiencia; al contrario, acercándose con amor, compresión y madurez, me ayudaron a levantarme, creyendo que siempre hay otra oportunidad para volver a caminar, levantar las alas y volar.

Cercanos compañeros y peregrinos de esta vida que han comprendido que no se trata de aplastar al más despreciable y errático amigo, más bien a socorrer al desventurado; pues mañana, en una imprevisible decisión, pudieran estar ellos mismos en una situación parecida. Amigos a quienes saludo y honro por ser soportes, mentores, guías y ejemplos de fidelidad e integridad.

En otra perspectiva, recordé a aquellos que prometieron su compañía en las buenas y en las malas. Sin embargo, en el primer desliz de este infeliz, fueron los primeros que achacaron todos los señalamientos habidos y por haber; aplastando casi a gusto, todas mis aspiraciones que por breve tiempo estuvieron por los suelos. Personas a quienes respeto y bendigo, pues ellos más que nadie, son los maestros de los que no hay nada que imitar.

No sabemos hasta ahora, si raros y diminutos insectos miserables con segundas oportunidades, logran acentuarse y cambiar bruscamente su entorno. Lo que si sabemos, es que las personas si lo pueden hacer para su bien o para lo otro.

Ese moribundo escarabajo, aún tenía una asombrosa fuerza como para separar su cuerpo de mis dedos, caer, levantarse y seguir corriendo con sus cuatro débiles patas por su libertad.

Aplastar al caído mediante nuestras palabras o acciones, solo manifiesta nuestra inhumanidad y vileza. Y así, aquel inesperado visitante verdusco de ese día, me hizo recordar una importante lección que un tanto ya había ignorado.

¡Piensa, te va a gustar!

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