El Predicador Evangélico y El Bono 14

falso-pastor

En mi país, Guatemala, el mes de julio es para los trabajadores del sector público y privado un mes de beneficio y aprovechamiento. Todos ellos gozan de una bonificación obligatoria que desde hace unos años viene hacer para muchos como agua en el desierto.

Como es de esperar, todos procuran sacar algo de este beneficio. Algunos con sabiduría lo invierten, y otros, lo gastan en cuanto gusto y capricho pueda existir. Por supuesto, cada uno tiene el absoluto derecho de hacer lo que le plazca con su dinero, al fin de cuentas, el gobierno sentenció en el decreto que es para “complementar la satisfacción de las necesidades del trabajador”.

¿Y yo qué hago hablando de esto?

Bueno, el asunto en cuestión es el APROVECHAMIENTO. No daré cátedra respecto a su cálculo ni nada por el estilo, sin embargo, me referiré al aprovechamiento que algunos intentan, hacen o harán durante estos días. No les mencionaré promociones ni descuentos de cuanto establecimiento comercial existe, solamente de uno que en “algunas culturas” se volvió comercial: LA IGLESIA. Y si, a mí también me asusta. (Sigue leyendo…)

Imagina un momento.

El predicador se dirige a la plataforma. Su semblante refleja seriedad, piedad y reflexión. Camina casi pausado por el peso de la Biblia bajo el brazo. Todos los ojos están sobre él. Sube los escasos tres escalones del altar y justamente se coloca tras el enorme púlpito de cristal reluciente. Antes de emitir palabra alguna, bosteza con cautela para hablar con seguridad. Algunos en voz baja comentan que esta vez sí les predicará de salvación y eternidad.

El silencio es interrumpido por un chillido ensordecedor del micrófono que acaba de presionar. Se desconcentra pero reacciona casi sin impresionar.

-¡Hermanos, hoy es un día muy especial! Todos hemos sido muy bendecidos de parte de Dios, especialmente este mes. Según mis estadísticas, el 90% de la congregación es gente profesional y con muy buena remuneración. Así que… “¿Robará el hombre a Dios?” La Santa Palabra nos enseña y dice: “Traed todos los diezmos al alfolí” “Probadme ahora en esto, dice el Señor” “Reprenderé” “No destruiré” “Abriré las puertas de los cielos” “Derramaré” ….

Y así comienza una eterna hora de versículos descontextualizados los cuales se utilizan con descaro para persuadir a la gente a “no robar a Dios” y a no ser víctimas de una maldición.

Mi Postura

Quiero aclarar. Creo en las promesas de Dios contenidas en la Biblia. Creo también que bendecir económicamente un ministerio sin ánimos de esperar cuanto Dios puede retribuirme, trae gracia sobre abundante. No estoy en contra del sistema de algunas iglesias que se rigen en que los fieles deban dar el diez por ciento de sus ingresos. Estoy convencido por experiencia personal que cuando lo hago con gratitud y honra al Señor esto suma favor de Dios a mi vida y familia.

Lo que intento enfatizar es que provoca indignación y a la vez un sano celo al ver y escuchar a “los siervos de Dios” utilizar el estrado solamente para hablar, una y otra vez, de cuanto Dios nos puede prosperar si ofrendamos tal o cual cantidad, dejando atrás la centralidad primordial de la predicación: la salvación de nuestras almas.

Si se nos ha encomendado el gran honor de compartir las buenas noticias de Jesús, procuremos no reiterar ni predicar de cuanto Dios puede hacernos prósperos financieramente, que al final, creo, ese no es el propósito de la predicación, y que tampoco el de Dios para nosotros, sino en salvarnos y estar en su presencia.

Dios conoce cuales son nuestras necesidades. A él le plació llamarnos a su servicio, y si nos llamó, sabrá Él sustentarnos en nuestro peregrinaje. Procurar bendecirnos nosotros mismos es vanidad y seguramente nos conducirá al desastre espiritual.

En palabras del apóstol Pablo: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; 10 porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6.6-10)

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