Me sacaron los “trapitos al sol”

Hace algunos días, tuve una corta discusión, no acalorada ni violenta, pero si una de esas donde te sacan algunos “trapitos al sol” con una persona a quien aprecio y valoro muchísimo.

Todo comenzó por intervenir en una discusión (esa si era acalorada y violenta) de la que consideraba era necesaria una mediación; pues desde mi oficina se escuchaban aquellos gritos e insultos que capturaban toda mi atención. Subí los escasos escalones que nos separaban, y ahí los encontré empujándose de un lado a otro como en una especie de lucha libre amateur.

Rápidamente me interpuse procurando acabar con aquel show, y casi de forma instantánea tuvo fin tal situación, pero como sentencia aquella famosa frase: “El que se mete a redentor, muere crucificado”, en lugar del otro quedé yo confrontado. Lo que sucedió luego me enseñó cosas significativas, y más que una confrontación fue una gran lección.

Mi esporádico título de árbitro fue interrumpido por un sin número de gritos:

-¿Y vos, qué tenés que venir a interrumpirnos acá? ¿Quién te ha puesto de juez entre nosotros? ¿No tenés que meterte en lo que no te importa? ¿Nos metemos en tu vida? ¿Te juzgamos a vos de lo que hacés?…

Y sin pedirlo, ya tenía tenía en la mesa todos y cada uno de mis errores que según yo, nadie se había percatado. Faltas que en algún momento logré ocultar y otras que consideraba no eran graves para que alguien las pudiera guardar. Fueron tres a cinco eternos segundos los que me hicieron sonrojar y dónde no tenía nada que hablar. Hice un esfuerzo para excusar mis trágicas experiencias, pero el enfurecido retador parecía tener  un completo expediente con fechas y horas de mis íntimas vivencias.

Intercambiamos muchas palabras de las que no recuerdo en su mayoría, pero si de algunas que en mi memoria tengo muy frescas hasta este día. En el afán de esta persona de tener la razón, me señaló como el culpable de sus desdichas, su poco progreso y su limitación. Le indiqué que las conclusiones a las que llegaba rayaban en lo absurdo y carecían de fundamento, pero su insistencia prevaleció muy por encima de mis argumentos.

Dejé entonces que descargara toda su ansiedad con lo que decía, y cuando al fin desahogó aquella extraña mezcla de rencores y melancolías, dispuse a disculparme y regresar de donde venía.

Esta situación me intranquilizó durante muchas horas e incluso me hace meditar hasta ahora. Haberme dicho que era yo la causa de sus desdichas, desventajas y estancamiento, supone su falta de autoestima, motivación y contentamiento.

De lo que viví ese día extraje algunas cosas que consideré oportunas de compartir, y quizá como a mí, a más de alguien puede servir.

Cuando pensamos que nuestro éxito está determinado por otros, o por los factores que nos rodean, desde ahí hemos fracasado y esa idea constante es nuestra limitante. Entonces abundarán las excusas, y hallaremos miles de pretextos sobre nuestra falta de sacrificio, entrega, perseverancia, dedicación, y todos aquellos ingredientes indispensables que fabrican la “fórmula mágica” que muchos llamamos éxito.

La ausencia de autoestima y motivación en aquellos que escudan su carencia de triunfos culpando a otras personas, lo resumo en falta de propósito en la vida. Sin una razón de vida no hay rumbo. Si no hay una bandera por la que valga la pena vivir entonces no hay valores, y esa inexistencia de propósito, está no solamente en un grupo o edad en particular, sino en una gran cantidad de personas en general. Mucha gente que desde la óptica humana han llegado a la cima y han alcanzado lo que desde nuestra perspectiva llamamos éxito son personas infelices e insatisfechas, porque jamás encontraron el verdadero propósito de la vida. Es que la acumulación de logros, riquezas o aplausos no garantiza el gozo que persigue el alma, si ésta no es completada por quien dispuso la divina conexión entre el ser creado y su Creador. (relación)

Por otra parte, aquellos que por Gracia fuimos acercados al Señor, y en quien tenemos una inmerecida e invaluable identidad, en ocasiones no hacemos lo suficiente para conducir a otros a encontrar el propósito de vida que nosotros ya gozamos, o a modelar el amor que profesamos. Reflexioné esto en mi corazón y estuve cuestionándome si mi transición en la arena de la vida estaba dejando alguna huella digna de imitar. Algo que las generaciones emergentes pudieran decir: su peregrinaje no fue vanidad.

De aquella discusión también aprendí que soy estudiado hasta en aquellos detalles que a mi parecer son fugaces. Razón tenía el apóstol Pablo al expresar que somos “conocidos y  leídos por todos los hombres”. Hace unos años una persona allegada me dijo una frase que nunca borré de mi mente: “No solo te miro, también te observo”. Ya sea un gesto, una palabra o una mirada, todo puede ser usado a nuestro favor o en nuestra contra, y es aquí donde se juega la gloria o la deshonra.

Por intentar apagar el fuego, el balde de agua fría me fui a echar. Quizá evité que el fuego del odio creciera aún más, pero quien se dio la mojada del día es quien este post está a punto de terminar.

Puede que en cualquier momento también nos corresponda enfrentar nuestros “trapitos al sol” de las cosas que nunca pensamos saldrían a relucir, pero cuando llegue ese momento tengamos la humildad de reconocer nuestros errores, tener valor de pedir perdón o perdonar, y el coraje de corregir aquello que solamente nosotros podemos solucionar.

El rey Salomón nos desafía con estas palabras:  “El necio al punto da a conocer su ira; mas el que no hace caso de la injuria es prudente” (Pro 12:16) “Todo hombre prudente procede con sabiduría; mas el necio manifestará necedad” (Pro 13:16)

Hasta la próxima. 😉

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